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viernes, 28 de agosto de 2015

La señora X se llama Soledad.

Mudarse a una residencia de ancianos implica una enorme conmoción emocional. Es quizá la mayor transición a la que cualquiera de nosotros va a enfrentarse en nuestras vidas. Imagina que un día eres relativamente independiente, sigues realizando tus actividades normales cuando, de repente, la alfombra del salón se enreda en tus pies, o tropiezas en una acera al cruzar la calle. La siguiente información que conoces es que estás en un hospital con una fractura de cadera, complicaciones y unas semanas por delante para encontrar un lugar donde puedan atenderte mejor que en tu casa. De repente, sientes que te han robado lo mejor de ti. Has perdido tu salud, tu independencia, tu hogar y tu identidad. Lo has perdido todo. La impotencia y un profundo sentimiento de soledad se apoderan de ti. Por supuesto, esta es solo una de tantas formas que desembocan en una institucionalización en una residencia. Para muchos, la transición es más lenta. Un largo camino de pérdidas que conduce a una desconexión entre quien te crees como persona (tu identidad) y en lo que te has convertido.
La soledad no siempre aparece en la transición a una residencia, para muchos comienza antes. Numerosas personas anónimas me han impregnado de la sabiduría sobre lo que es ser viejo dentro de una residencia. Todas ellas describen una batalla constante para retener el verdadero sentido de quienes eran, cuando la fluencia de la decrepitud les llevaba a hacerse cargo y asumir su propia identidad. Describen el “espantoso sentido del aislamiento” que conlleva, y el aplastante aburrimiento de la vida, esa que alguien les robó. La soledad y el aislamiento se relacionan más directamente con la pérdida de su propio sentido, el sentido de sí mismo, que con cualquier otra cosa. Es importante reconocer que las pérdidas que experimentamos en la edad avanzada son posibles desencadenantes de la soledad y necesitan recibir una respuesta lo antes posible.
Lonely old woman sitting by the window in his cottage.
El personal de una residencia trabaja para apoyar a las personas en esta difícil transición. El éxito se refleja en informes al observar cómo “ la señora X se ha adaptado muy bien al centro”. ¿Esto quiere decir que la señora X se ha ido haciendo pasiva y silenciosamente a nuestra rutina? ¿Es justo y realista asumir este rol ante la adaptación de las personas más frágiles? Sin duda debemos asumir que la señora X debe estar viviendo un profundo sentimiento de desesperación, ira, miedo, dolor o shock en respuesta a las importantes pérdidas que tuvo, o por el contrario la sensación de alivio cuando por fin se había escapado del horror de sentirse aislada en su propia casa. De cualquier forma, si ella no pronuncia ninguna respuesta emocional, esto podría sugerir que, en lugar de adaptarse correctamente, la señora X está encerrada en sí misma y probablemente, es incapaz de procesar lo que ha ocurrido.
Los profesionales de la atención geriátrica pueden sentirse demasiado ocupados o estresados para comprometerse con el impacto emocional de la pérdida en vida que las personas experimentan. Cuando una residencia funciona bien, el personal de atención proporciona un apoyo extraordinario para ayudar a los nuevos residentes a encontrar tiempo y espacio para dar sentido a lo que ha sucedido. Para hablar de cómo eran las cosas en casa, llorar, enfadarse, procesar el trauma del cambio y mirar hacia delante para dar comienzo de forma positiva a su experiencia en la residencia. Cabe preguntarse, una vez más, si esta situación tiene cabida en la atención gerontológica actual, donde priman las carreras, los aseos cronometrados, las parcialidades, los listados de residentes a los que “hay que levantar” en la primera hora de la tarde  y los trabajadores que están demasiado ocupados para tener una conversación con la señora X. 
Es necesaria una cultura emocional donde todos se sientan vistos, oídos e implicados. Las personas mayores tienen que ser capaces de conectar con la comunidad, para restablecer las conexiones con las personas y lugares que conocen, y forjar nuevas relaciones con el mundo exterior. Tenemos la evidencia de que es posible, solo necesitamos la motivación para hacer que esto ocurra más a menudo. Si no nos preocupamos por la calidad emocional de las residencias ahora, no podremos esperar nada diferente para nosotros mismos en el futuro.

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