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jueves, 24 de marzo de 2011

Los ancianos de Fukushima se resisten a abandonar sus hogares


El miedo a lo que no se ve es muy personal. Hay quien está dispuesto a pagar cifras exorbitantes por salir cuanto antes de Japón, incluso si, como en el caso de dos periodistas europeos, es necesario hacer escalas en Honolulu y Los Ángeles antes de llegar a Pekín. Y hay otros que respiran tranquilos a escasos kilómetros de los reactores averiados, negándose a obedecer las órdenes de evacuación. Haciendo oídos sordos a las recomendaciones del Gobierno, un puñado de familias siguen con sus vidas dentro del primer perímetro de seguridad de 20 kilómetros desalojado la semana pasada y del que han escapado más de 200.000 personas.

No se sabe cuántos son, pero las televisiones japonesas mostraron ayer varios vídeos filmados por bomberos y equipos de rescate (algunos protegidos con trajes especiales y a bordo de vehículos militares) que recorrieron pueblos fantasma tratando de convencerlos de que se marchen de allí, ya que los niveles de radiactividad son muy peligrosos para la salud. Al parecer, algunos se encuentran a menos de cuatro kilómetros de la central.

Son en su mayoría ancianos testarudos, que dicen no tener miedo a la muerte o a la radiación. Las imágenes muestran a parejas de campesinos que esgrimen cualquier tipo de excusa con tal de quedarse allí. «Si abandono el huerto se echará a perder. Estoy bien y no pasa nada», decía uno de ellos en una entrevista con la Prensa. Otro respondía por teléfono a las súplicas de su hija, quien había puesto en alerta a las autoridades. «Tenemos comida y sake. Estamos bien. Tu madre se pasa el día durmiendo. No te preocupes», insistía el anciano, a quien no hubo manera de hacerlo entrar en razón.

Un tercero explicaba que tenía «problemas de espalda» y le resultaba incómodo dejar su hogar. «Les agradezco que se preocupen, pero no me voy a ir. Ésta es nuestra casa y tenemos cosas que hacer aquí. No nos vamos a ir, pase lo que pase», se despedía una señora de los equipos de rescate que, antes de irse, cerraron todas las ventanas de la casa, para que ella y su marido no queden tan expuestos a la radiación.

Pueblo fantasma
Su vida transcurre en pueblos fantasma, algunos de ellos afectados por el terremoto y el tsunami, zonas por las que también transitan bomberos con trajes a prueba de radiación, en busca de supervivientes y cadáveres del tsunami. A la mayoría de ellos no llega agua corriente, electricidad, ni teléfono, por lo que quienes han decidido quedarse ni siquiera saben lo que está ocurriendo en la central. «Mi mujer está enferma. Si se mueve no llegará lejos. Es mejor que nos quedemos aquí, además yo no noto nada», comentaba otro anciano.

Ante la falta de agua corriente, algunos se hidratan bebiendo refrescos embotellados que han encontrado en las tiendas abandonadas. El segundo perímetro, el de 30 kilómetros, también está habitado: aquí viven miles de personas, a quienes las autoridades han pedido que pasen el mayor tiempo posible dentro de casa. El Ejército ha sacado a cientos de ellos en los últimos días, a todos los que han solicitado salir.

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